Andréa y El Auto en el Lago

Andréa y El Auto en el Lago.

Capítulo 19
Andréa

Pregúntese que haría si se encuentra a un individuo verdaderamente andrógino en las calles. No aquel hombre menos masculino que prefiere cocinar “comidas deliciosas” y tejer sus propias medias, no él. No aquella mujer menos femenina que se viste con un traje de negocios, y cierra los tratos de ventas de manera agresiva, no ella.
Estamos hablando de un cuerpo físico andrógino – una persona a la vez masculina y femenina – con bastante vello facial y grandes senos.
¿Se quitaría el sombrero para saludar? ¿Se sentiría incómodo y cruzaría al otro lado del camino? ¿Sentiría lástima por ese individuo o sugeriría burlas e insultos para mejorar instantáneamente la autoestima de él/ella? ¿O simplemente lo ignoraría, o la ignoraría, como sea?
¿Y si él o ella entraran a su clínica, usted escribiría Sr., Sra., Srta., en el archivo de pacientes, la historia médica y el libro de citas? ¿Lo ve? Usted en realidad no lo sabe, ¿verdad?
Usted no es el único.
Encontrarse con la Guía Espiritual Andréa en el ocasional patio de juegos de Barnard, el Reino Temporal Intermedio, le causó muchos de esos momentos de “no sé qué pensar de ti, mi amigo”.
En una etapa a causa de la ignorancia completa acerca de su tarea de comunicador celestial-mortal – un verdadero transmisor viviente de teléfono y visión del pasado y el futuro – el mortal le pidió que hiciera su trabajo o que se largara. Eso estuvo muy mal de su parte.
En verdad, si un Creador, con toda su sabiduría, necesita una criatura justamente así, ¿quién era George Barnard para discutir con el Jefe?
Pero en esencia, eso fue lo que hizo.

*****

Ted Willis estaba tomando agua mineral y Louise ya estaba preparando café cuando un adormecido Barnard finalmente entró dando tumbos a la sala. Sus visitantes ya estaban vestidos y listos para partir treinta minutos antes de la hora.
“Tumut está demasiado lejos”, sugirió George, bostezando. “Demasiado lejos,solo para ir a comerse una trucha muerta de montaña. Ustedes saben que esas autopistas interminables las hacen con asfalto. Y el asfalto se expande con el calor. Por la distancia de aquí hasta allá, el camino se hace un kilómetro más largo cada día”.
“¡Ve a darte una ducha!” ordenó Louise. “Eso te va a despertar. Yo tendré tu bebida lista cuando tú salgas y el equipaje en el auto”. Ella se volvió hacia Ted Willis.
“George no ha cambiado en nada. El aún hace tonterías como un adolescente”.
“Ya el auto está empacado, ¿verdad Lou Lou? Bueno, supongo que mejor nos vamos entonces”, les dijo Barnard.
“Muévete, George Barnard”, le gritó ella, “¡y hazlo rápido!”
“Agua caliente y después agua fría”, gruño Barnard para sí mismo, mientras casi tropieza en la ducha. El agua muy caliente comenzó a brotar de la ducha y él comenzó a sentirse más despierto.
“Louise eres una maravilla” dijo él rimando. “Tu maleta para Tumut está preparada. Primero me mojo con agua caliente, para luego mojarme con agua helada”. Él estaba desperezándose ya, pero no se sentía mejor acerca del largo viaje conduciendo. Él tomó el jabón y comenzó a enjabonarse.
“I o i o uo uo”, continuó cantando. “Para Tumut nos estamos yendo. Viajaremos toda la noche. Cinco horas conduciendo”.
Tal vez hasta seis horas, pensó él. ¿Tal vez más? ¡Imposible! ¿Por qué iba a tomar más tiempo? Nunca antes me he tardado tanto así.
“No podemos dejar plantada a Catherine, vamos a hacer este viaje. El auto ya está preparado, Louise dice que cuando salga el sol ya estaremos allí”.
“¡No estaremos allí!” dijo Barnard en voz alta, y sonaba muy definitivo. Que cosa más ridícula, pensó él. Pero luego, hubo una visión breve de la vía al centro de convenciones y del estacionamiento completamente lleno. El distintivo dorado metálico del V8 de Barnard no se veía por ninguna parte.
“Tú ni siquiera vas a llegar”, dijo una voz sin sonido alguno, aunque había sonado muy clara en la mente de George.
“¡Por Dios!” de repente él se sintió completamente despierto, profundamente preocupado, y con una gran responsabilidad por sus pasajeros. ¿Tal vez el auto se iba a dañar por el camino? No, eso no era. Era algo más serio, y nuevamente una mirada al estacionamiento le mostró que su V8 no estaba allí. El giró la llave del agua completamente hacia la derecha. “¡Ayyy! ¡Esto si está frío!”
“No me siento bien acerca de este viaje”, le dijo Barnard a sus compañeros.
Louise le dio un café. Ella también se veía algo indecisa. Él bebió lentamente el líquido caliente dador de vida, diciendo “yo he viajado por ese camino muchas veces, pero esta vez, no nos veo llegando a nuestro destino”. En continuó bebiendo y reflexionando acerca de lo que había visto, escuchado y sentido.
“Podemos irnos diez minutos más tarde de lo que planeamos”, sugirió Louise. De inmediato ella cambió de parecer, “no, eso no funcionaría tampoco”. Ella tomó su taza y se unió a Barnard en el sofá. “Es algo extraño, George” confesó ella, “pero no me he sentido bien acerca de este viaje desde hace varios días. ¿Quizás si esperamos media hora?”
“Un retraso no es la solución Louise. Esto es algo serio. No es solamente un vehículo dañado”. Él le ofreció una mirada interrogativa al profesor.
“Es mejor que vayas a echarle una mirada a este asunto, George”, dijo Ted finalmente. “Estoy seguro de que llegarás al fondo de esto”.
“Okay. Ahora mismo”. Barnard arrojó un cojín sobre el brazo del sofá. “Dame un espacio Louise, pero quédate con nosotros, por favor. Pronto sabré que es lo que está pasando. Ah y no te tomes mi café que yo me lo voy a tomar luego”.
Ella tomó las tazas de café y vio como él se estiraba el en sofá. George Mathieu se sentía como en los viejos tiempos con ellos dos allí. Se sentía bien el estar los tres juntos otra vez, como un equipo, a pesar de sus dudas acerca del viaje. Ellos pronto sabrían lo que iba a ocurrir. Había un sentido de urgencia inescapable por hablar con los Espíritus Guardianes.

*****

Barnard se dejó llevar hasta el reino temporal de los Guardianes, diciendo “saludos a todos, muchachos”. El poderoso centinela no hizo movimiento alguno, ni mostró ninguna emoción. El andrógino se volvió con gran dificultad para mirar al mortal a los ojos. George comprendió que Andréa estaba nuevamente sirviendo de enlace entre dos reinos temporales masivamente distintos. Incluso estando en un profundo trance, él sabía que era Andréa la que estaba haciendo todo el trabajo para establecer contacto, y ella se estaba esforzando demasiado. Era apenas la segunda vez que Barnard había visto aquellos ojos que parecían saberlo todo.
Había algo que él deseaba decirle de inmediato, “¿me perdonarías por haberte dicho que te largaras?” le preguntó. “Fue hace mucho tiempo. Pero aún siento mucho haberte dicho eso. La gente tiene muchos temores, y yo no soy distinto cuando veo que tienes ambos sexos”.
“Tú siempre eres perdonado” fue su respuesta. Luego ella sorprendió al mortal diciendo “soy una virgen de los Dioses”.
Qué manera más apropiada de explicar la ausencia de prerrogativas de reproducción y de su naturaleza andrógina, pensó Barnard. Pero hubo poco tiempo para pensar. Un torrente de información comenzó a fluir hacia su mente.
“No te preocupes, amiga”, dijo él confirmando la recepción de todo lo que había recibido de aquella gran mente. “Yo entiendo. Algunas veces eres un poco depresiva. Te preocupas demasiado, Andréa. Pero gracias de todas maneras”.
“¡Oh!” exclamó él mientras ella comenzaba a mostrarle imágenes del futuro.
¡Ouch! ¡Un choque frontal! Una imagen inmóvil de su sedán destartalado. Estaba parcialmente aplastado, bien alejado del camino e incrustado en un árbol. Luego, una marca roja intensa apareció en medio de la imagen y se hizo más grande, hasta que todo era rojo.
El compartía la información con sus compañeros mientras la observaba. “Es un horrible choque frontal”, comentó fríamente. Toda la parte delantera de mi vehículo está aplastada. Nos salimos del camino en un terreno lleno de colinas. Estamos atorados en un árbol, apuntando en dirección contraria. ¡Estamos viendo hacia el noreste! Apuntando a la dirección de donde veníamos.

*****

Finalmente, él abrió los ojos y parpadeó. Fue entonces que comenzó a comprender la realidad de lo que había visto. “¡Por Dios! Estoy arriba sobre el camino y no me puedo acercar al auto. No me puedo acercar porque hay personas muertas allí, incluyéndome”.
“¿Dónde es el accidente, George?” preguntó Ted. Parecía estar calmado, pero Barnard sintió su preocupación, así como su determinación de partir para Tumut, ir en contra de todo pronóstico y atender a la convención. Louise parecía estar asustada, pero ella también quería saber más.
“Voy a revisar el mapa”, sugirió Barnard. El volvió a estar en trance en algunos segundos. “Danos el mapa, por favor, Bzutu, pues tú eres el más cercano, el más poderoso, y el más colaborador de todos los que están con nosotros”. El novato recurrió al poderoso y responsable Guerrero. “Es más fácil para ti que para Andrea”, dijo, a pesar de no estar seguro sobre cuál de los Guardianes era el que producía los mapas. La distante Andrógina tenía muchos dones que el estudiante encontraba difíciles de percibir. Ella tenía mucho amor y mucho cuidado, y era una gran comunicadora, pero Barnard sentía que le faltaba sentido de negocios y que carecía de sentido de urgencia.
El mapa se iluminó casi de inmediato en su pantalla mental y el automóvil dibujaba una línea blanca mientras se acercaba a su destino.
“Aquí está Picton”, le dijo George a Ted y a Louise, “Mittagong… Bowral… Moss Vale… here’s Goulburn. El auto se ve bien. ¿Qué es esto? Oh, eso era Collector. Un parpadeo y no lo ves. Estamos en la autopista federal ahora. Agua… ¡El lago George!
Ahí es. Estamos bien justo hasta que pasamos por el lago”.
Nuevamente, una imagen inmóvil del V8 de la compañía en su posición precaria destelló en su mente. Fue seguido por un segmento de acción a alta velocidad. Un sedán blanco salió despedido de la colina en la curva. Luego casi se desintegró por completo sin golpear nada más.
“Allí está el culpable, Ted”, dijo Barnard. “Vamos a retrocederlo y verlo mas lentamente. Aquí está. En el lado equivocado del camino. Es un hombre joven en su auto.
Parece un viejo Valiant. Si, eso es. Un viejo sedán Valiant blanco, tal vez sea crema o amarillento. De repente está oscuro aquí”.
De nuevo, la visión regresó y el Valiant se desintegró. Una mancha roja apareció ahora en el centro del auto destartalado. Lentamente comenzó a extenderse desde el centro.
“¿Eso es sangre?” preguntó Barnard.
“No, no sangre”, dijo una voz. El despertó del trance.
Seguro que él está muerto, este joven. Su auto se hizo pedazos”, le informó Barnard a los dos. “Yo sé exactamente donde es. Yo conozco ese lugar en el camino. Él debe ir a más de cien kilómetros por hora. Demasiado rápido, y él va por nuestro lado del camino. Va volando”.
Louise parecía no estar segura de querer hacer el viaje. “¿Todavía quieres ir después de haber visto todo eso, George?” preguntó ella.
“Seguro, Louise, o Catherine se quedará en treinta y nueve por el resto de su vida”, dijo Barnard bromeando.
“¿Que vas a hacer acerca del accidente?” preguntó Ted Willis.
“Iremos de aquí a Goulburn”, respondió Barnard, “luego conduciremos el resto del camino desde Camberrra hasta Tumut y evitaremos ese peligroso trecho entre Goulburn y Camberra. ¡Fácil! No accidente. Y nos ahorramos un buen tiempo también”.
Él le brindó una gran sonrisa al profesor.
Louise había perdido por completo la compostura. “¡Esto no es para reírse, George!” le gritó ella a Barnard. “¿No puedes estar serio, aunque sea una vez? ¡Nuestras vidas están en peligro!” Ella estaba molesta por su aparente insensibilidad, sin enterarse del dilema por el que George atravesaba y la inquietud que intentaba disimular.
“George, preferiría no saber nada del futuro y vivir una vida normal, para variar”, le dijo ella.
“Yo prefiero saber”, le dijo él. “Y aún no nos hemos ido, ¿verdad?” Su voz sonó un poco intensa. “Lo siento, Lou Lou”, dijo. “Déjame aclarar mi mente, pues hubo otra cosa que vi.”. Él se preguntaba que estaba pasando por la mente de Ted. El viejo genio permanecía inusualmente silencioso.

*****

Una vez más, él fue a buscar a los Espíritus Guardianes. Con urgencia, él preguntó: “¿Que era esa mancha roja, amigos?” Él se dirigió a todos ellos y la mancha roja apareció de inmediato.
Muy lentamente, la marca roja creció y se distorsionó para tomar la forma de un pequeño auto rojo, viajando a velocidad moderada por la autopista federal. Barnard se mantuvo a su lado y miró dentro. Solamente una persona estaba allí. Era viejo y débil, aferrado al volante y mirando hacia la oscuridad.
“Escogiste una noche oscura para viajar, viejito”, intentó decirle George. “Tu estás adormecido y eres tan ciego como un murciélago. Tú te vas a dormir y vas a tener un accidente también, viejo tonto”. El hombre siguió conduciendo, lentamente, sin poder ver mucho del camino. “Ya no te estoy viendo viejito, ¿verdad?” concluyó Barnard. Solo se me está mostrando lo que va a pasar. Eso debe ser”.
“¡Tu responsabilidad!” Sin duda, esta era la voz sombría de ABC-22. “Tu seguridad y la de los tuyos también depende de salvar las vidas de ellos”.
“Vamos en camino, Bzutu”. Barnard despertó apresuradamente y estaba listo para partir. “Vámonos Ted, vamos Louise”. Él tomó el café medio frío y lo bebió con rapidez.
“Vamos Louise, tenemos que irnos”.Ella se quedó inmóvil en su silla. “¿Y el accidente? ¡Por Dios! ¡George!”
“No va haber accidente alguno. Se nos ha dado una tarea que debemos cumplir. Vámonos. Estaremos bien Louise”.
Ella no se movía. “¡No lo sé!” gritó.
Pronto habría lágrimas de la madre de otros dos, pensó Barnard. “Confía en el poderoso Guerrero con su código y su número impreso en su chaqueta”, le dijo Barnard con una sonrisa alentadora. “El no bromea. Yo lo hago por él”.
“Yo no conozco ningún guerrero, George”.
“Pero yo sí que lo conozco”.

*****

Casi todos nosotros, o tal vez todos, tenemos destellos de intuición alguna vez en nuestras vidas. ¿Será nuestra mente que trasciende el tiempo? ¿Será el trabajo de nuestro Yo Espiritual – el regalo de los Dioses que vive en la eternidad pero está asignado al trabajo experiencial con los mortales, por un tiempo, y en el tiempo?
Barnard no sabe con precisión como funciona esto.
Lo que él piensa es que “el Inconsciente Colectivo de Karl Jung”, la sede de la Conciencia Universal y el “Intelecto” que habita en el Reino Intermedio son uno y lo mismo. Pero el dominio no es estéril, ni carente de vida. El Reino Intermedio rebosa de vida más “eléctrica” y menos material. Y aquellos que habitan allí, como ABC-22, Andréa, Emenocho el Sanador, y el Serafín Julieta, son los amigos cercanos de Barnard, de mentes brillantes y eminentemente dignas de confianza.
A veces algo escaso en este planeta.

Capítulo 20
El Auto en el Lago

En todos los años de ser consejero, generalmente entre los más cariñosos y sensitivos – con frecuencia también los individuos con más problemas de nuestras intrincadamente mezcladas razas – George Barnard encontró a muchos con habilidades psíquicas latentes. En algunas pocas ocasiones cuando un gran talento era evidente, él les enseñaba a entrar a otra dimensión en el tiempo. El dominio de los Espíritus Guardianes 11:11.
Con frecuencia, sus primeros esfuerzos terminaban en encontrar apenas un poco más que los productos de su imaginación. Pero hay un cierto límite para nuestra imaginación. Al final, simplemente la perseverancia traerá visiones del pasado y del futuro, de cualquier lugar y de cualquier momento. Y estas visiones se vuelven cada vez más fuertes con el tiempo y con la práctica.
Sus estudiantes aprendían a volverse los amos de su tiempo. El terapista simplemente estaba continuando el trabajo del profesor Dr. Edward Willis.

*****

Ted se había puesto cómodo en el asiento trasero del auto. Él había insistido en que Louise tomara el asiento más cómodo adelante. Él había cerrado sus ojos, pero con frecuencia, él hacía esto para poder pensar más claramente. Ted Willis no se iba a dormir.
Louise estaba inquieta. Ella parecía no tener fe alguna en George Barnard y los Espíritus Guardianes, y tal vez Louise se había despedido hacía mucho tiempo de su propio Espíritu Guardián llamado John.
Ya ellos estaban en la autopista y el motor respondía con un murmullo contenido ante la exigencia de más velocidad. Ellos estaban subiendo la vieja montaña de Razorback.
Louise no podía esperar más. “George, ¿qué es lo que debemos hacer?” preguntó.
Barnard tomó algunas curvas más antes de responderle. “Hay un viejito con un pequeño carro rojo en la autopista federal, y él se dirige a Canberra. Su auto se parece al pequeño auto de entregas que tenía mi compañía, ¿recuerdas?”
“Vagamente lo recuerdo”, respondió ella.
“Bueno, es parecido, pero más pequeño aún. Debemos mantener al viejito despierto o él va a tener un accidente. Si hacemos eso, nosotros estaremos bien también”.
“¡Eso es una locura, George! Eso es como un chantaje”. Había rabia e incredulidad en su voz.
En el asiento de atrás, Willis aclaró su garganta para hablar. Luego debió haber cambiado de parecer.
“Es mi trabajo”, le dijo Barnard. “Los Espíritus Guardianes, y solo a veces con mi ayuda, cambian el sentido proyectado o conocido de un evento. Nosotros cooperamos y así trabajamos, Louise. Mentes mucho más grandes que la de nosotros tal vez han concluido que este es el único provecho que podemos obtener. Resultados positivos en todas partes, en lugar de caos”.
“¿Una depresión eliminada, por la liberación de la señorita Jamieson? Un beneficio. Balance”, comentó Ted Willis. “George sabe de lo que estoy hablando, Louise. Él tiene razón”.
Ella guardó silencio por un rato, pensativa. “¿Quieres decir que estamos comprando nuestras vidas por mantenerlo vivo? ¿La vida de nosotros tres a cambio de la vida de ese viejo?”
“¡No! Bueno, sí. Más o menos. Más la vida de ese joven idiota que se fue volando para el lago”, respondió Barnard. “No te olvides de él. Más exactamente, un total de cinco vidas a cambio de un poco de energía gastada, si se me ocurre que es lo que voy a hacer”.
“¡Eso es totalmente ridículo!” Ella casi le escupía luego de pensar por un momento. “Yo he escuchado algunas cosas locas en mi clínica, pero esto es lo máximo.
¡Si! Ahora si lo he escuchado todo. Y tenía que venir de ti, George Barnard”.
“Él tiene razón, Louise”, repitió Ted. “El balance debe ser mantenido y nosotros no necesariamente sabemos que es lo que mantiene el balance. Ten fe”.
Barnard intentó comprender lo que Ted quería decir con balance, luego decidió concentrarse en conducir. “Como quieras Louise”, le respondió a ella. “Yo no lo sé todo. Solo hago lo que se me dice, como es apropiado para un novato miembro de un equipo Espiritual. Puede parecer como un chantaje para ti, pero no lo es. En realidad no. Es diferente, complejo y muy inusual esta vez, estoy de acuerdo. Es una entrega temporal de mis prerrogativas de libre voluntad. Eso es todo. No duele”.
Ellos estaban atravesando el encantador pueblo de Picton. Ninguno de ellos había dicho una palabra por un rato. No había urgencia sobre el asunto en la mente de George.
Todavía no. Pero tampoco había dudas. Las visiones y las advertencias habían llegado con mucha fuerza y claridad, tan poderosamente obvias que solamente un valiente tonto podría ignorar estas visiones del futuro. Ya yo no soy un valiente tonto, pensó Barnard.
Muy brillante, pero tímido. Especialmente desde el desastre de Jennifer Sutton.
“¿Cómo vas a mantener despierto a ese hombre, George?” preguntó de repente Louise.
“Aún no lo sé. Tengo que pensar en algo pronto. Mejor que lo haga”.

*****

“Treinta kilómetros para llegar a Mittatong, George”, le informó Louise a Barnard. “Eso decía en la señal que pasamos. ¿Te acuerdas que nos cominos un pastel en el restaurante de la universidad hace algunos años? ¿Y tenía algo raro o estaba malo? ¿Recuerdas? Nos dio picazón por todo el cuerpo. Tú podrías hacerle eso a él”.
“¿Que? ¿Venderle uno de esos pasteles llenos de moho? George se rió. “Acaban de vender el último de ese lote mortal hace una hora, Lou Lou. Demasiado tarde”.
“No. Quiero decir que podrías hacer que tenga picazón por todo el cuerpo. Haz que se rasque. Eso lo mantendrá despierto. A mí me tuvo despierta toda esa noche”.
“¡Qué gran idea! ¡Una idea tremenda! Sí, eso lo haría. Yo nunca olvidaré esa noche, pero no me importa si lo vuelve medio loco, con tal que siga conduciendo. ¿Qué piensas de eso, Teddy Willis?” preguntó George.
“Una idea brillante, Louise”, dijo Ted felicitándola.
“Ayúdame con eso, Louise”, sugirió Barnard. “Haz que se rasque como un loco”.
“¡Yo no sé cómo hacer eso! Ese es tu departamento de Chamán”.
“Has un esfuerzo mental, Louise. Me ayudaría”.
“Lo intentaré”, gruñó ella. “Vaya que eres diferente”.
“Louise, con el entusiasmo, la alegría y el impulso de mi juventud de dediqué a la tarea de comprender todo lo que hay que saber de nuestros universos. Jamás hubo dudas en mi mente insignificante de que lo lograría. Alguien se apiadó de mí, y me lanzó una cuerda desde muy arriba. Yo subí por la cuerda, hasta el mismo cielo, y me encontré con el Gran Biami”.
Willis se rió por de la referencia de George sobre la iniciación del hombre Kadaicha de las tribus negras Australianas. El profesor se había encontrado con “el Gran Biami” muchos años atrás, pero Louise no comprendió la metáfora.
“Yo pensaba que te conocía, George Mathieu”, dijo ella. “Ahora creo que perdiste la razón durante esos años que dejé de verte”.
Barnard no era afectado por sus comentarios. El siguió adelante, “el Gran Biami me enseñó todo lo que hay que saber, entonces yo pude sentir que la comprensión total estaba mucho más allá del poder de la mente mortal. Era una broma para mí, Louise.
Donde algunos pueden ver el destello de una luciérnaga en un pequeño prado, yo vi una gran antorcha brillante, pero en un número infinito de universos oscuros de lo desconocido. Una broma para mí. Ahora, todo lo que puedo esperar es que algún día, cuando mi Espíritu y mi alma sean uno yo podré comenzar a entender algo. Mientras tanto, yo debo confiar en que en ocasiones – de vez en cuando – yo puedo dar a los Dioses algo de risa a costa mía. Yo no les voy a negar su diversión”.
Ted se rió con ganas, y luego aclaró con rapidez que su risa no indicaba que se hubiera convertido en un Dios. Él era demasiado joven para ser promovido de esa manera.
Louise se sentía de otra manera. “Si no es porque has sido uno de mis amigos mas queridos, George Barnard, yo te diría que eres el hombre mas extraño que he conocido jamás. No te comprendo para nada”.

*****

Concientes del hecho que el viejito tendría ahora picazón por todo el cuerpo y se estaría rascando ocasionalmente mientras viajaba en el pequeño auto rojo, ellos continuaron conduciendo en silencio. Ellos se detuvieron el Goulburn y fueron a beber algo. Poco después, el V8 devoró los muchos kilómetros que faltaban para llegar a la encrucijada de la autopista federal.
“Yo misma siento picazón pensando en la picazón que debe sentir el viejito”, dijo Louise quejándose.
“Entonces lo estás haciendo bien”, le dijo Barnard. “Sigue haciéndolo. Estoy viendo al pobre viejito y nuestra travesura está funcionando. Él no puede dormirse así”.
Ellos continuaron viajando en silencio por un rato hasta que Louise habló nuevamente. “Ya puedo ver el lago. Es ese allá, y sería mejor que redujéramos la velocidad, ¿por favor?”
“Olvídalo Louise”, le dijo George. “El único peligro está cerca del extremo sur del lago, cuando lleguemos a las colinas. Continúa trabajando en el viejito y yo también lo haré”. Pero el aflojó un poco el acelerador, solo para complacerla. Ella obviamente estaba asustada por un destino potencialmente determinado que ahora se acercaba con rapidez.
Ellos perdieron de vista el lago y se iban acercando a las colinas. El V8 ahora iba muy despacio por la autopista desierta, con dos ruedas sobre el hombrillo y dos ruedas sobre el asfalto. Ted mantenía sus ojos en la retaguardia, en caso de que alguien estuviera viajando en la misma dirección a esta hora poco probable. El auto grande casi se detenía.
Barnard puso las luces bajas y apagó la calefacción. De no haber sido por el murmullo del motor casi se podía tocar el silencio de aquella madrugada de verano.
Estaban a corta distancia del lugar de la visión. Con las ventanas abajo, él se esforzó por escuchar lo que su mente le decía que pronto sería audible.
“Santa madre de Dios, sálvanos”, dijo Louise rezando al tiempo que un destello blanco pasaba rugiendo. Luego ella vio hacia atrás, al automóvil que iba con exceso de velocidad, mientras tomaba la curva siguiente. “Creo que ese era… un Valiant, George… si, ¡estoy segura!”
“Lo era. Yo lo vi de frente. ¿A que velocidad crees que va?”
Ella puso sus dos manos sobre su pecho, intentando respirar profundo. “¡Que idiota! Yo creo que… como a ciento cincuenta… kilómetros… oh”
Barnard se volvió en su asiento y le habló a Ted. “¿Que tan cerca crees que llegó, Ted? preguntó. Pero Ted estaba observando el comportamiento de Louise con gran interés. El no respondió.
Louise respondió por él. “No querría saberlo. Desde aquí, George… oh, oh… ¡que idiota! Todos habríamos muerto… si hubiésemos estado en el camino”.
“Eso es seguro”, le dijo George. “Habría sido un choque frontal”. Nuevamente él se volvió para hablar con Ted. “¿De qué color crees que era? ¿Era blanco crema o amarillo pálido?” Lentamente el viró el auto hacia la carretera y aumentó la velocidad.
“¡A quién le importa!” gritó de repente Louise. “¡Qué importa que maldito color tenía!” Ella lucía pálida y alterada.
Barnard miró por el espejo retrovisor y vio a Ted sonriendo. El profesor no iba a responder. Estaba demasiado intrigado por el comportamiento de Louise.
“¡No vayas tan rápido!” Le gritaba Louise a George. “¡Estoy asustada!”
“Relájate”, le dijo a ella. “Lo que ocurrió allá atrás, eso era todo, Louise. No hay nada más entre nosotros y la ciudad capital. Confía en mí. Estaremos bien”.
“Estoy aterrada. ¡Ya tuve suficiente! Por Dios, casi me muero del susto, Georgie”, gritó ella. Lágrimas corrían por sus mejillas.
“¿Entonces te mojaste los pantalones, Lou Lou?” le preguntó a ella y luego se rió.
“¡No seas estúpido!” gritó ella repentinamente volviéndose contra él. “¡A veces dices unas estupideces! ¡Eres un idiota!”
“Si, sé que soy estúpido, pero estoy vivo. Todos lo estamos. Un susto de vez en cuando te mantiene saludable, Louise. Este evento te mantendrá joven y bella por muchos años”, le aseguró Barnard.
“¡Eres un idiota!” gritó ella.
Fue bueno ver a Ted Willis disfrutar en secreto tanto con las acciones de ella. El siempre sería un ávido estudiante de la naturaleza humana, y Louise estaba compartiendo sus sentimientos más íntimos. El profesor Willis en ningún momento dio señales de pánico o miedo.
No era este el caso con George Mathieu; aunque el comportamiento casual del terapista podía haberle hecho parecer un arriesgado de sangre fría que no le atemorizaban los riesgos. Barnard comenzó lentamente a comprender, y estaba sobrecogido por la precisión de la información adelantada y las visiones provistas por Andréa y ABC-22. El guardó silencio.
A pesar de los retrasos, ellos habían hecho un buen tiempo. Más adelante, un pequeño vehículo rojo tomó la salida de la avenida Northbourne, y continuó por la avenida Phillip de Canberra.
“Mira eso”, gritó Louise. “¡Allá va! ¡Ese debe ser él! No ayer, no mañana, sino ahora en tiempo real. No lo creo…”
Nadie comentó acerca de lo evidente.

*****

De acuerdo a Louise Hewitt, en un trance profundo, el viejito miope del pequeño auto rojo era una “mercancía” preciosa para sus nietos sin padre, uno de los cuales se convertiría en alguien de muchos logros. Pero todos ellos realmente lo necesitaban. El joven conductor del Valiant, apenas una hora atrás, había terminado con su novia. Ella lo había dejado. Devastado emocionalmente, él de manera atípica se había vuelto descuidado por su bienestar y el bienestar de los demás. Su familia poseía una granja no muy lejos del lago y de alguna manera era esencial que esa propiedad continuara en la familia. Aunque era muy joven, él generalmente era muy responsable y además el único sostén de la familia.
Louise no tenía nada que probarle a George que no hubiera probado muchas veces antes en los años que estudiaron juntos. Louise era un verdadero mago al percibir esas cosas de la nada. Barnard lo llamaba intuición femenina, sobre-cargada y de alto octanaje. George Mathieu rara vez podía hacer lo que era tan fácil para Louise Hewitt, y el terapista no siempre confiaba en la precisión de su intuición.
“Observa esto Ted”, sugirió Barnard. “Mira lo que Louise agarró a partir del aire, y dinos que más puedes obtener”.
La inesperada respuesta de Willis alarmó a sus estudiantes. “Yo les enseñé a ustedes dos como utilizar su mente. Cada uno tomó un camino distinto. Yo tengo muchos dones por los cuales estoy muy agradecido, pero yo no puedo hacer ninguna de las cosas que ustedes dos han hecho”, dijo. Y sonaba casi creíble.
Barnard se salió del camino, muy rápido, y detuvo el auto de un frenazo. Ambos se volvieron y miraron a su antiguo maestro a los ojos.
“Usted está bromeando, profesor Willis”, le dijo George. “No debe decir cosas tan ridículas cuando estoy conduciendo un auto a alta velocidad en la oscuridad de la noche. ¡Es peligroso!”
“Dime que solo estás bromeando, Ted”, exigió Louise. “¿Por favor Ted?” le rogó.
Por un momento parecía que su mundo estaba en peligro de derrumbarse.
Brevemente, el hombre de cabellos blancos extendió su mano y tocó la de ella.
“Yo escuché todo lo que dijiste, Louise, y mi propio Ser Espiritual me dijo que tienes razón. Yo puedo escucharlo en mi mente, muy claramente. “Es así”, ó, “que así sea”, ó “Amén”. Yo he escuchado esa voz durante años. ¡Muchos, muchos años! Pero yo no puedo hacer lo que tú o George han hecho, y jamás dije que podía jovencita. Ustedes dos presumieron que yo podía desde el primer día. Yo les enseñé a usar su mente. Sus talentos individuales y sus mentes tan diferentes”.
Nadie dijo nada hasta que llegamos a Tumut. Cada uno tenía cosas distintas en su mente miscelánea.
Imagina a Ted Willis enseñándonos cosas que él mismo no podía hacer, pensó Barnard. ¿Que bueno, que excelente es él? Yo siempre creí que él era casi perfecto en todo sentido. Seguramente un santo y casi un Dios.

*****

Ted Willis conocía la existencia del los Espíritus Guardianes 11:11 del Reino Intermedio y de su estrecha asociación con los Serafines. Aunque el profesor comprendía que los Guardianes ocupaban distintas facetas del tiempo dentro del espacio ocupado por los mortales comunes, él era siempre vago acerca de su función específica. Ted siempre se refería a ellos como “manteniendo el balance universal”. El los llamaba las voces de Juana de Arco, los guías de Dante, o los maestros de Nostradamus. Pero Ted no conocía a ninguno de ellos por su apariencia, por su nombre, código, ó número.
George Barnard veía la vida experiencial evolucionaria como progresando de acuerdo a un bosquejo dibujado de antemano en la eternidad. Este bosquejo tal vez era apenas una lista superficial del lento progreso de la criatura, pues la voluntad libre y no negociable de los caprichosos mortales podía tener un impacto terrible sobre el avance humano.
Los accidentes del espacio podían “tropezar” con el flujo de los eventos requeridos en el tiempo. Individuos importantes podían perderse del tablero gigante de la vida. Eventos esenciales podrían no llegar a completar uno de muchos sucesivos esquemas del tiempo/espacio en la estrategia global de la evolución guiada.
Como un novato a medio tiempo en un pelotón de Espíritus Guardianes, Barnard mayormente seguía órdenes, instruido por las mentes brillantes de los Once-once. A su vez, los Guardianes recibían instrucciones de mentes infinitamente superiores. Y solamente los eventos que eran más amenazadores para el beneficio de la humanidad eran evitados por los Guardianes. Solo en pocas ocasiones el mortal estaba involucrado.
Esta fue una de esas ocasiones.
Louise Hewitt, sugiere Barnard, tal vez hacía mucho tiempo que había decidido cuidar de sus pacientes sin utilizar el consejo de su Guía Espiritual real o imaginario, John. Louise, por un tiempo, continuó erradamente considerando el evento del “auto en el lago” como una coerción de los Guardianes.
La madre de dos pequeños se negaba a aceptar la función de los Espíritus Guardianes 11:11 como Protectores y Maestros, dignos de confianza y éticos en todos sus asuntos. Su tiempo no había llegado aún, pero ella, también, “subiría por esa cuerda, al cielo, para encontrar al Gran Biami”. Barnard lo había sentido, y probablemente, el profesor Willis también.
Pero Ted jamás lo mencionaría.

Traducido por Nelson Navas.

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Mi regalo para ti es que tu estés a mi servicio — Cristo Miguel.

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